Una Pisca Andina en Split

En marzo del 2008, junto a mis hijos, Juan y Andrés,  visitamos a mi hermano Arturo, mi cuñada Raytza y a mis sobrinos Valerie y German en Ávila (España).

Fue apenas un fin de semana que pasó en un abrir y cerrar de ojos. Los niños que apenas se habían visto dos o tres veces antes, se divirtieron bastante. Las partidas de ajedrez ocuparon parte importante de los juegos.

Después de una nevada, Rayzta nos prestó abrigos, gorros y guantes para ir a recorrer las espectaculares murallas. Bajo un hermoso cielo azul intentamos seguir los pasos de Santa Teresa, entre las calles y hermosas plazas  empedradas de la ciudad. Luego, Arturo nos invitó a cenar en un excelente restaurante para degustar la afamada especialidad local, el Chuletón de Ávila.

Al día siguiente, Raytza se levantó tempranito para sorprendernos con el desayuno de despedida,  una tradicional Pizca Andina.

Una Pizca Andina, es una sopa a base de leche, papa, ajo, cebollín y cilantro, antes de servir se añade un huevo o dos por persona, los cuales se terminan de cocer en el plato. Se acompaña de arepas y queso.

Me tomé el caldito y me comí la arepa, agradecí la gentileza a mi cuñada. Ella dijo:

— Sabía que tenía mucho tiempo sin tomar una, por eso se la preparé. ¿Quiere más ?

— No, no muchas gracias— respondí.

Con lo poco que uno ve, con todas las atenciones que nos prodigaron, no tuve corazón para decirle que no me gusta la pisca, sobre todo porque detesto la yema líquida. 

Poco tiempo después los Wong-Colmenares se mudaron al sur de Inglaterra.

Hace un año, Arturo organizó una reunión familiar para festejar sus Bodas de Perla.

La invitación fue rápida y ejecutiva. Después de desearnos un feliz 2025, nos dijo:

— Reservé un Airbnb en las afueras de Split con capacidad para todos, espero que puedan venir.

Además de nosotros cuatro, también estaban invitados: Luis el hermano de Raytza, su esposa Julieth y Luisito, residentes españoles. Junto a la novia de German, éramos un total de doce personas.

Estábamos encantados de la iniciativa. Nos organizamos rápidamente para comprar los boletos aéreos. Llegamos en seis vuelos diferentes, dos de Inglaterra, uno desde España y tres desde Francia. Alquilamos tres carros.

Estábamos muy contentos. Apenas nos juntamos se me salió el acento gocho. Los gochos no tuteamos. Somos muy respetuosos.

El día de la celebración, un bello día de primavera, Arturo y Raytza prepararon una Pisca. En esta ocasión, no me hice la toche. Confesé mi omisión en Ávila y nos reímos todos.

Luego de ese super desayuno familiar, nos fuimos a pasear por el centro histórico de Split. Un estudio científico realizado en Croacia demostró que un grupo de doce personas con más de media docena de fotógrafos con velocidades de obturación y enfoques diferentes tiende a perderse y a encontrarse en repetidas ocasiones. 

Logramos regresar completos a nuestra hermosa y cómoda casa. Para completar el festejo, Julieth y Luis, prepararon un pasticho de verdad, generoso en carne, salsa y queso. Divino, como de esos que se comen un domingo en Venezuela.

Al día siguiente nevaba. Llevamos a Rikui, la novia de German, al aeropuerto. El estado del tiempo no daba para paseos. Las cuñadas nos quedamos conversando, recordando nuestras vidas tachirenses. Los hombres pasaron el día en los juegos: billar, dardos y el ajedrez que nunca falta en nuestra familia.

Para la cena de despedida, se preparó una super parrilla, me trajo recuerdos del jugoso Chuletón de Ávila y de las buenas carnes asadas prepardas por la abuela Sara.

Nos despedimos dichosos, sabiéndonos afortunados de los preciosos momentos compartidos. Nos quedamos viendo las fotos y los comentarios en grupo de Whatsapp hasta que cada uno regresó a su casa. 

Un año después recuerdo con mucha nostalgia este encuentro. Como todas las familias venezolanas andamos regados por el planeta. Añoro las reuniones familiares, aunque den pisca para agasajar. Alguien me dira:

— ¡No sea tan toche!

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